Arqueologías imaginarias

La ciudad roja 1994-1995

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La Sala Kubo-Kutxa  nos ofrece esta muestra de Miquel Navarro, uno de los máximos representantes de la llamada nueva escultura española, hasta el próximo 21 de mayo.

 

Existe una ciudad dividida en cuatro espacios homogéneos en el que en cada uno de ellos destaca una plaza común central. La urbe presenta una planta cuadrada, resguardada por murallas, y alberga rectas y amplias calles, en las que casas idénticas disfrutan de hermosos jardines. El orden geométrico es la clave de esta ciudad, protegida por sus muros, tal vez aislada de su entorno, tal vez en la ladera de una montaña. Realmente es un signo, en el que el urbanismo es un significante del significado social, una sociedad pacífica, democrática, igualitaria, que asienta sus pilares en el conocimiento, la ética, la libertad religiosa y la educación. Alguien podría decir que se trata de una utopía. Y está en lo cierto, pues la ciudad que describo es la de Amauroto, la capital de las 54 ciudades-estado que Tomás Moro propuso en el segundo libro de su Utopía.

El libro de Moro es uno de los cánones del género de las ciudades ideales, tradición humanista que se forjó sobre el libro primero de Los diez libros de arquitectura de Vitrubio, la República de Platón, y sobre la estela de la imaginería fabulosa medieval que depositó sus esperanzas en las nuevas tierras colombinas, sembrando entonces la huella de lo que medio milenio después florecería en la literatura como lo real maravilloso. Las páginas inaugurales del género fueron las escritas por León Battista Alberti en su De Re Aedificatoria, en la que círculos perfectos de raigambre platónica configuraban un urbanismo que señalaba al hombre como centro del universo. Recogida la tradición en manos de Alberti, posteriormente Antonio Averlino presentó en su Tratado de arquitectura la ciudad imaginada de Sforzinda, con la que abría las puertas a la fantasía para esta literatura. A partir de ahí, las ciudades con juicio, medida y forma de cuerpo humano de Francesco di Giorgio o los cosmogramas de Peruzzi.

Las fabulaciones utópicas de la conformación de ciudades ideales no tardaron en llegar y nos legaron obras fundamentales como la de Moro, o La ciudad del Sol, de Tommaso Campanella; Christianapolis, de J. Valentinus Andreae, o la Nueva Atlántida, de Francis Bacon. Como he dicho, en este topoi confluyeron las narraciones maravillosas sobre el Nuevo Mundo, con miles ejemplos tales como el pueblo de amazonas comandado por Calafia, o las siete ciudades de oro.

La evolución del género dio cabida a la reflexión sobre las urbes actuales, así como a la presentación de sociedades (y sus ciudades) distópicas, utilizando el término que Stuart Mill acuñó por oposición, precisamente, al de Tomás Moro, y cuyos hitos fundacionales fueron Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Las bifurcaciones del tema original muchas, con infinitud de revisitaciones en la literatura, las artes plásticas y el cine. Y ocurre en todas las desviaciones posibles: recordemos Castroforte del Baralla, la ciudad de La saga/fuga de J. B. de Torrente Ballester, que levitaba como consecuencia de las preocupaciones de sus habitantes. Pero no nos alejamos de las ideas que se encontraban en la semilla del canon. Como escribió hace poco Fernando Castro en su ensayo Mierda y catástrofe, síndromes culturales del arte contemporáneo: “el paseo por la ciudad, como una forma de experiencia, puede conducirnos más allá de la monumentalidad hasta una estética relacional, pero sobre todo, a una comprensión de lo público que intensifique la experiencia democrática”.

En este amplio contexto contemplo las ciudades imaginarias de Miquel Navarro. El artista realizó la primera de sus ciudades en 1973, volúmenes de terracota interconectados a los que pronto se les añadiría materiales como el aluminio, el zinc y el bronce en un continuo ejercicio sobre escultura y reflexión del espacio escultórico que constituirían, desde entonces y hasta hoy, una de sus señas identificatorias. Siempre que contemplo estas ciudades no puedo sustraerme una suerte de habitación fabulosa de las mismas a través del idealismo berkeleiano hecho verbo en el relato de Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, descubierto gracias a  la conjunción de un espejo y de una enciclopedia (A first encyclopaedia of Tlön. Vol. XI. Hlaer to Jangr), según escribió el poeta ciego. Al fin y al cabo, las palabras del cuento de Borges deberían constituir una cartela unánime en muchas de las exposiciones de Miquel Navarro: “Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”.

Estos signos encaminados a la exégesis humana estaban ya, por tanto, presente en los primeros momentos de la creación de Miquel Navarro. También lo estuvieron en aquel reconocimiento de la comunidad crítica internacional que supuso la exposición New Images from Spain celebrada en The Solomon R. Guggenheim Museum de Nueva York en 1980 con la curaduría de Margit Rowell.

Ahora, en la Sala Kubo de la Fundación Kutxa, tenemos la posibilidad de observar tres de estas urbes: La Ciutat (1984-1985), Ciudad roja (1994-1995) y Entre muros (2000). Junto a ellas, sus cuadernos de trabajo o cuadernos de viaje, que unidos a varias esculturas recrean el estudio donde crea el artista. En estas ciudades es inevitable la alusión a Alberti y su De re aedificatoria, pues partía de la concepción de que si el hombre es el centro del mundo, también es, por tanto, un microcosmos respecto a la ciudad: la relación ciudad-casa-organismo, es la relación entre el hombre, el edificio y la ciudad en el esquema del pensamiento platónico de carácter metonímico en el que hay una correspondencia del todo por la parte. Y escribo que es inevitable porque es el propio Miquel Navarro quien afirmó que “la conciencia y configuración de mi deseo, es prácticamente evidente con el tema de la ciudad como cuerpo humano, con todas las sumas de las partes, con su sentido vertical y totémico, y su sentido horizontal de discurso de penetración. Más que una ciudad ideal, en mi obra construyo una ciudad metafórica, llena de símbolos y significados, que sintetizan la ciudad real, pero que en definitiva no es real, aunque tampoco podemos decir que es una utopía”. También está aquí, desde luego, Francesco di Giorgio.

Junto a estas tres obras, hemos de destacar también Placón, una pieza inédita, imponente figura totémica de aluminio macizo de 3,5 metros rodeada de pseudoréplicas diminutas y ridículas en la relación de poder ante el modelo central al que parecen adorar, una bella ejemplificación de la monumentalidad  del espacio hierofánico.

 


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