TECNOLOGÍA Y PERFORMANCE

Marta Pinilla.  Image by Estrago15

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Tokio, 1956. Durante la segunda exposición de arte Gutai, Atsuko Tanaka utilizó un kimono fabricado con bombillas, fluorescentes, luces de neón y cables eléctricos pintados en colores primarios. Tanaka se lo colocó siguiendo el ritual de la ceremonia de matrimonio tradicional japonesa. El asombro del público asistente era más que evidente, no sólo por el uso que hizo de la electrónica, sino también porque su obra fue rompedora en una sociedad en la que la mujer debía situarse en segundo plano sin alejarse de los roles tradicionales. En todos los sentidos, Electric dress fue una performance pionera, no sólo por el uso de la tecnología, sino también por su manera de entender la moda, el género y la tradición.

Aunque visualmente el traje de Atsuko (un claro ejemplo de escultura expandida) era imponente debido a la amalgama de bombillas y cables, éste era bastante pesado ya que estaba formado por un armazón de metal, y un tanto peligroso (por aquel entonces las bombillas eran todavía incandescentes y muy frágiles, lo que podía provocar quemaduras y heridas si se llevaban durante un largo plazo). Todo esto provocó que los movimientos de la artista fueran bastante limitados y robóticos. Sin embargo, esta obra fue germinal para toda una serie de artistas que mezclan performance y tecnología; y que, debido a los avances en el campo, hoy está en pleno auge y desarrollo.

¿De qué hubiera sido capaz Atsuko Kanaka si hubiera conocido sistemas como las placas Lillipad de Arduino que permiten coser un ordenador de última generación en unos calcetines? ¿O si se hubieran desarrollado sistemas como el mapping y los rayos láser en la época? No lo podemos saber, pero hay artistas que han tomado el relevo y nos sorprenden con acciones innovadoras que desde luego marcan un ahora en la historia del arte.

Alexander Whitley, por ejemplo, nos sorprende con coreografías innovadoras donde cuerpos (a veces prostéticos) se mueven con la luz. La misma luz que emergía de Atsuko, aparece ahora sin el artificio de la bombilla que lo produce. En este caso, la iluminación pasa de ser un complemento que ensalza al artista, a ser un protagonista mas. Los performers persiguen, danzan y son atravesados por una luz sólida que pasa a ser una prolongación de sus propios cuerpos, consiguiendo un ecosistema único y embriagador.

Mona Hatoum, ha llevado esta tecnología un paso más allá, mostrándonos no sólo el exterior del cuerpo, sino también las entrañas. De la mano de la ciencia, utilizó instrumental médico con el que directamente se podía observar el interior del cuerpo. En Corps étranger, (1994) mediante la técnica de la endoscopia, la artista permite observar el interior de su tubo digestivo, su aparato reproductor y excretor. Cuando uno se introduce en ese cilindro blanco en el que la obra es proyectada en el suelo, tal y como se pudo observar en la retrospectiva de la Tate modern el año pasado, se siente invasor de la intimidad de la artista hasta un límite que no se había propasado antes. La barrera de lo desconocido, la propia escala de la obra y la sensación de que algo tan íntimo no debería mostrarse, inquieta al espectador, lo engulle y le aleja definitivamente de otras visiones más amables del interior del cuerpo a las que estamos acostumbrados.

Quizá quien ha llevado la relación entre performance y arte a su extremo, ha sido el artista australiano-chipriota Sterlac. En 1976 se hizo instalar una tercera mano robótica, que llevó durante varios meses hasta que fue capaz de desarrollar la capacidad de escribir con las tres manos a la vez. Posteriormente, decidió colocarse una oreja funcional en su brazo, mediante cirugía estética. En este mano a mano entre performance y tecnología, Sterlac se transformó en un híbrido mitad hombre, mitad ciborg. Sterlac, al igual que otros artistas, utilizan la tecnología como un elemento propio de una sociedad distópica, donde la propia obsolescencia del cuerpo debe de ser rediseñada mediante los avances que para ello proporciona la ciencia.

Marcel-lí Antúnez Roca, uno de los fundadores de la Fura Del Baus, trabaja en una línea híbrida entre el trabajo de Sterlac y Whitley. Realiza performances mecatrónicas donde la robótica, el teatro y el arte van de la mano. En este caso la tecnología es utilizada como un exoesqueleto que pone el cuerpo del artista en total disposición del espectador. Anteriormente, el público podía interactuar sobre el espectador (como en el caso de la famosa acción Rhythm 0 de Marina Abramovic) pero no dentro de él. En este caso todos los músculos y huesos y, por tanto, los movimientos del artista son controlados por el público. El artista se muestra como alguien que es vulnerable debido a la tecnología.

En el fondo, la obra de Antúnez Roca no es muy diferente a la obra que Atsuko presentaba en Tokio. En los dos casos, un exoesqueleto electrónico sirve de barrera entre el artista y el público. Éste a la vez que lo presenta y lo dramatiza. En ambos casos la tecnología nos advierte de la posibilidad de una distopía en la que los cuerpos son vulnerables ante la luz, los cables y los deseos de alguien externo que ha decidido nuestro futuro. Atsuko Tanaka imaginaba en los años cincuenta como sería el futuro a través de la tecnología; sesenta años después, los performers contemporáneos siguen visualizando un futuro semejante y, a pesar de los últimos avances, la esencia es la misma.


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