Simulacros desesperados: Damien Hirst en Venecia

Photograph Prudence Cuming Associates © Damien Hirst and Science Ltd

Tesoros del naufragio del Increíble puede visitarse como exposición, como gran fasto de la bienal de las bienales o como parque temático donde llevar a los niños con un trozo de pizza en la mano.

Todo objeto es arte siempre que un artista lo diga y alguien esté dispuesto a comprárselo, no es necesario dibujar otros límites, según Charles Saatchi. Como argumenta Fernando Castro, “no puede enunciarse la teoría institucional del arte de forma más sucinta y descarada. Justamente cuando la crítica ya es considerada un entretenimiento inocuo, algo propio de resentidos o palmeros entusiastas, el coleccionista aparece como el fiel de la balanza”. La alianza con Saatchi no pudo ser más fructífera inicialmente para Damien Hirst, a pesar de que pronto rompiese sus lazos con el magnate (como tantos otros yBas), llegando incluso a recomprarle una gran parte de sus obras. Lo cierto es que el artista estaba ahí desde el comienzo y con un singular protagonismo con el que decidió ocupar el centro, demostrando habilidad suficiente para asumir la acción de todos los agentes tradicionales: artista, coleccionista, galerista, publicista…

Los cuestionamientos a las prácticas artísticas de Hirst, o incluso a la ausencia de su intervención en la ejecución de las obras (de la que se defendió con el argumento de que el arte está en la cabeza) nunca supusieron un problema para la engrasada máquina de facturar del británico, que vendió varias obras en Sotheby’s por un montante de 111 millones de libras el mismo día que quebró  Lehman Brothers, aquel 5 de septiembre 2008. Otra cosa distinta fue asustar a sus coleccionistas, como hizo Julian Spalding en su libro Con Art – Why You Should Sell Your Damien Hirsts While You Can, cuando se comenzó a reflexionar sobre si los precios del arte contemporáneo no eran más que otra burbuja a punto de estallar. Sin embargo hay que reconocer que el título de Spalding, publicado en Amazon, provoca sobre su autor cierto recelo de émulo de segunda del original tándem compuesto por Hirst y Saatchi.

La obra de Damien Hirst es un claro síntoma de algunos de los caminos tomados por el arte contemporáneo a finales del siglo XX y de la fuerza de cierto establishment que lucha por seguir sosteniéndose cuando todo se cae, ambos incapaces de desasirse de la sospecha. Que se ponga en duda el valor artístico de una obra para muchos es una discusión absolutamente estéril que acaba beneficiando a ciertos artistas al crear más bibliografía crítica en torno a ellos, pues a estas alturas hay algunas preguntas, como la de qué es el arte, que curiosamente provocan intentos de deslegitimación  sobre quienes pretenden darle respuesta, encasillándolos en la categoría de apocalípticos. Pero la sospecha del timo es otra cosa: si no todos se atreven a discutir el valor artístico de una obra, aunque sea evidentemente un fraude, cuestionar un precio es asunto distinto. El precio es un dato objetivo, por más que se sustente sobre subjetividades. Hay coleccionistas que pueden sonreír con la superioridad del embrutecimiento ante las críticas estéticas a los productos que han adquirido; pero tuercen la boca cuando oyen en más de una ocasión o en lugares inapropiados que la inversión no ha sido buena. A la sensación de sospecha que flotaba en el aire se ha añadido la de decadencia.

Photograph Miguel MedinaAFPGetty Images

Por eso me ha parecido interesante Tesoros del naufragio del Increíble, la exposición que ha inaugurado Damien Hirst en Venecia como prolegómenos de su Bienal. La muestra parte de la fabulación de la terrible suerte de Cif Amotán II: entre el siglo I y II, este esclavo de Antioquía inventado por Hirst consiguió su libertad y acopiar una extraordinaria fortuna que destinó a la compra de las obras de arte más significativas del mundo por entonces conocido. Amotán había diseñado un extraordinario templo dedicado al Sol en Asia Menor y allá se dirigía con sus tesoros cuando la nave, Apistos, naufragó en el Océano Índico. En 2008 -continúa la narración de Hirst- el tesoro de Amotán fue hallado y rescatado frente a la costa oriental de África, cerca de Zanzíbar. Desde entonces hasta este año se ha trabajado en el rescate de las obras atrapadas en el pecio y ahora se exponen en los 5.000 metros cuadrados expositivos del Palacio Grassi y el Museo de la Punta de la Dogana, propiedad ambos del millonario francés François Pinault.

El artificio narrativo empleado por Hirst no es nada nuevo, sino más bien se agarra con fuerza al concepto y uso del storytelling de Christian Salmon, pues como ya defendió Barbara B. Stern, para alterar el valor de un producto sólo hay que contar su historia. Con él ha producido casi 200 piezas entre las que han llamado la atención la monumentalidad de algunas, como el caso de un coloso de 18 metros de altura, o el conjunto en bronce de 7,13 metros de un guerrero encaramado sobre un oso. Poco le ha preocupado a Hirst que los cánones de belleza de sus esculturas tengan más que ver con los del siglo XXI que los del I, o en un momento dado incluir a Mickey Mouse como uno más de los objetos, sobre lo que el director del museo, Martin Bethenod, ha dicho impertérrito que “en el fondo, el universo Disney funciona con los mismos mecanismos que la mitología clásica”. Pero sí es cierto que la exhibición sobre los restos del Increíble tiene un nexo común con el mundo Disney: al fin y al cabo, la historia de Hirst pretende emplear también los recursos de la estetificación de la nostalgia, esa estrategia consumista tan conocida y en algunas ocasiones tan fructífera.

Tesoros del naufragio del Increíble puede visitarse como exposición, como gran fasto de la bienal de las bienales o como parque temático donde llevar a los niños con un trozo de pizza en la mano, y contiene todas las posibilidades que le gustan a Hirst para crear un inagotable merchandising. El británico ha escenificado un ejemplo de lo que Baudrillard entiende como última fase del proceso de la imagen para la constitución de la simulación, cuando no tiene que ver con ningún tipo de realidad y es ya su propio y puro simulacro. Venecia acoge una Bienal donde todo es posible, pero sigue siendo una ciudad que se hunde, donde el sentimiento de decadencia toma forma, un espacio privilegiado para acoger la sospecha en estos momentos en los que se respira un aire de fin de época que inspira continuas revisiones. Esta exposición de Hirst tiene toda la carga simbólica de la clausura de un período; seguro que me equivoco, pero si la hubiese concebido como una despedida definitiva y poética, en la que imaginar a su tiburón sustituyendo el aldehído fórmico por las profundas aguas que acogen el imaginado pecio, desde luego acabaría de inaugurar la mejor de todas sus actuaciones.

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