Melancolías mexicanas

© D.R. Rufino Tamayo

El MUNAL acaba de inaugurar esta exhibición que se ocupa de cómo la melancolía es  representada en el arte mexicano, para lo que ofrece una selección de 137 piezas entre pintura, grabado y escultura.

Hace ya más de diez años que me ocupé parcialmente de la vigencia del código iconográfico de la melancolía durante el siglo XX. Lo hice a través del breve ensayo La utopía de la eternidad en Miguel de Unamuno y Jorge Luis Borges, así como en algunos artículos (“Antonio Machado y el código iconográfico de la melancolía) y diversas conferencias que dicté en México gracias a la generosa invitación de la Secretaría del Estado del Gobierno de Yucatán, por un lado, y la ahora extinta Conaculta, por otro. Nunca he pretendido defender la presencia preponderante de los estigmas saturninos en la contemporaneidad, sobre todo hoy, en una sociedad tan volcada en el fenómeno opuesto, la exhibición, ese narcisismo doméstico o de salón que en el fondo no pasa de mero simulacro nihilista. Parece que estamos inmersos en una suerte de promoción onanista que en los años del big brother se hubiera visto como control al ciudadano, cuando ahora no hay nada de eso, como recuerda Baudrillard, sino más bien una vacua pulsión individual de publicitar lo que no tiene interés, donde el panopticismo más que sufrirse se facilita. Nada tan lejos del individuo melancólico en soledad y dedicado a la creación, pero también en la órbita del individualismo, al fin y al cabo.

En lo que sí me detuve fue en la validez de los recursos estéticos para tratar un topos inherente al ser humano como el de la preocupación por la muerte y las fabulaciones sobre lo eterno. Por eso me alegró en esos momentos la celebración de Melancolía, genio y locura en Occidente, la exposición comisariada por Gerard Grenier para el Grand Palais, que luego itineró por otros espacios expositivos.  La muestra  disfrutó de un gran éxito de público tanto en París como posteriormente en Berlín -en otro lugar me gustaría explicar por qué- y junto a un espíritu muy enciclopedista conseguía demostrar la pervivencia del discurso melancólico, partiendo la antigüedad clásica (se presentaba al comienzo de la exhibición una lápida funeraria del Templo de las Musas en Atenas) y llegando hasta creadores como Edward Hopper, Zoran Music o incluso Ron Mueck.

     Ahora el Museo Nacional de Arte de México acaba de inaugurar una exposición que se ocupa de esta cuestión a partir de la identidad cultural y territorial. Titulada Melancolía, esta muestra ofrece una selección de más de 100 obras producidas  en México desde finales del siglo XVI a comienzos del siglo XXI en torno al ámbito saturnino. Casualmente, la inauguración ha coincidido con la aparición en España del libro de Santos Zunzunegui Bajo el signo de la melancolía: cine, desencanto y aflicción. Revisión en la cinematografía y revisión en las artes plásticas mexicanas al mismo tiempo: si se me permite adaptar la terminología lingüística en sentido lato -puesto que no dejamos de hablar de lenguajes y discursos- sincronía y diacronía son hechos diferentes pero complementarios, de manera que resulta claro que las manifestaciones contemporáneas, sus expresiones sincrónicas y evidentes, no deben obviar la existencia del discurso tradicional y sus diversas adaptaciones en el tiempo, pues seguirá perdurando a la vez que asume parte de lo actual. Y la presencia -o la existencia- de un discurso posibilita la validez, lo que aquí ocurre si damos por buenas las palabras del mexicano Roger Bartra: “La melancolía se constituyó, en los albores de la Modernidad, como un gran mito. […] La melancolía contribuyó en forma decisiva a impulsar ese peculiar entronamiento del yo y de la identidad personal que se encuentra en el meollo de la subjetividad moderna”. No debe sorprendernos, puesto que no hablamos más que del desarrollo de la base cultural topológica sobre la que teorizaba G. Steiner para referirse a las constantes temáticas, verbales y formales de nuestra tradición, y le estamos sumando algo tan actual -de nuevo- como el individualismo.

Los textos canónicos para aproximarnos a la base de la tradición melancólica son muy diversos. Por supuesto, hay que tener en cuenta la teoría de los humores hipocrático-galénica que se basaba en la afirmación de que en el hombre se hallaban cuatro sustancias, consistentes en sangre, bilis negra, flema y bilis amarilla, que producirían la tipología temperamental básica: la actitud sanguínea, melancólica, flemática y colérica. El hombre armónico sintetizaba equilibradamente los cuatro humores, los cuatro temperamentos; pero no siempre era así. Cada uno de ellos, a partir de las distintas aportaciones sobre el Ars medica de Galeno, se puso en conexión con la diversidad social: “el temperamento colérico caracterizaría al soldado; el temperamento sanguíneo al hombre de estado, el temperamento flemático es típico del científico y el temperamento melancólico de los hombres y mujeres de sentimientos religiosos”. Tampoco podemos olvidar el Liber divinorum operum de Hildegard von Bingen, la problemata apócrifa de Aristóteles y, evidentemente, a Ficino, o a Jacob Böhme, Casiano, Burton, Milton, a Kierkegaard… Sobre los temas esenciales se constituyó el discurso icónico, que con el tiempo pasó a formar parte tanto de las esperables reiteraciones sígnicas  -es decir, del lenguaje iconográfico propio- a, en ocasiones, de la simple pose o simulación de las significaciones memorables asociadas al tema, en continua ampliación sémica: la genialidad del melancólico, la introspección que singulariza al sujeto, el estado psicológico que posibilita la creación… De la posesión demoníaca a la gracia divina, de la maldición a la bendición, la emblemática de la melancolía ha recorrido y asumido un camino largo.

El comisario de la exposición del MUNAL afirma que, “esta exhibición busca resaltar las cargas afectivas evocadas en obras de importantes artistas novohispanos, modernos y contemporáneos a través de temas como el pecado, la culpa, el duelo, el desamor, la muerte, la espiritualidad, la creación y la magia”. No me parece mal del todo, aunque tal vez con esta concepción el discurso se extiende más allá de sus límites naturales para abarcar cierta estetificación de lo melancólico que en realidad está alejada del canon y su ortodoxia. Esto resulta apropiado si queremos realizar un meditado y más amplio análisis de la fenomenología saturnina, pero fallido si nos invita a incorporar obras que no deberían estar ahí. Me hubiera parecido mucho más interesante ahondar en las particularidades que permitieron la extensión de lo melancólico en centroamérica, para a partir de ahí descubrir si existe alguna singularidad. El paso de la América fabulada a la conformación de América como particular extensión de la cultura occidental se dio precisamente en nuestros Siglos de Oro y el desarrollo hispánico durante el Barroco sobre unas culturas que en su mayoría dotaban al concepto de la muerte de un rol esencial tiene  unas consecuencias plásticas que asociadas a la tematización melancólica resultan fascinantes. También puede darse el error de no deslindar de manera adecuada las manifestaciones de la estética melancólica de sus derivaciones barrocas o románticas -de nuevo lo sincrónico y lo diacrónico-, lo que nos conduciría a realizar hoy una lectura fuera de lugar.

Creo acertada la inclusión de obras como Bodas del cielo y el infierno de Arturo Rivera (1996), por la tangencialidad del tema de la ceguera que permite la visión con la de la introspección contemplativa, del mismo modo que San Pablo y San Antonio ermitaños (Baltazar de Echave Ibía), por el cultivo de la soledad, aunque no termina de convencerme la integración de otras como  Paisaje y Después de la tormenta  (ambas de Diego Rivera),  Así es la vida (Roberto Montenegro, 1942), La suicida (Emilio Baz Viaud, 1952) o, especialmente, Mujer llorando (David Alfaros Siqueiros, 1944) y Pagando la manda (Alberto Garduño, 1922). Otras son de manual y desde luego representan extraordinariamente lo que se persigue, como la María Magdalena de Juan Tinoco (s. XVII), Los ciegos (Saturnino Herrán, 1914), o incluso Pierrot doctor (Julio Ruelas, 1898). La exposición se extiende sobre la melancolía para ocuparse también del tratamiento plástico de algunas manifestaciones más cercanas que propias del fenómeno y su estética, lo que puede resultar de interés siempre que no se fuerce en exceso, pero de interés sin duda.

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