Expresionismo Abstracto

Pollock, Mural

Más de medio siglo después, el Expresionismo Abstracto vuelve a conquistar Europa. Estamos ante una brillante exposición procedente de la colaboración de la Royal Academy of Arts de Londres y el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se puede visitar ahora y hasta el próximo mes de junio.

 

Vivimos años de un fuerte revisionismo, seguro que acertado y puede que necesario. Lo estamos comprobando con todas las muestras que se están llevando a cabo sobre las Vanguardias Históricas o sus protagonistas, sobre todo desde que se han cumplido 100 años de la creación del Dadaísmo. Parece que han dejado de cegarnos aquellos artificiosos destellos del arte de los 90 (YBAs a la cabeza), que todas las aguas vuelven a un manso cauce que permite una tranquila reflexión.
Al fin y al cabo, tomando prestadas las palabras con las que Félix Duque comenzaba su ensayo Postmodernidad y apocalipsis: entre la promiscuidad y la transgresión, “el ansia de novedades parece haber acabado con toda novedad, estableciendo por doquier un déjà vu: todo está ya muy visto, incluso el decir que todo lo está” (y hasta esto último ya lo insinuó Walter Benjamin). Es la situación a la que se refería Donald Kuspit en El fin del arte, donde argumentaba que tras el Expresionismo Abstracto la única posibilidad de futuro se asentaba en lo que él mismo denominaba “los Nuevos Viejos Maestros” (en un período que bautizó como Postarte), aunque a veces, para qué nos vamos a engañar, cuando nos movemos en este territorio en ocasiones no salimos más allá de un estrecho círculo trazado por el revisionismo apropiciacionista. Al fin y al cabo, el relevo del Expresionismo Abstracto vino dado por ese abrazo a la objetualidad del arte iniciado por John Cage y Fluxus. Sin duda hay vida más allá del horizonte de vacuidad y estancamiento que trazó Kuspit, y puede que, incluso, no estemos ante un nuevo nacimiento de la pintura, sino más bien ante el cercioramiento de que la pintura nunca ha muerto. Los últimos tiempos, por otra parte, están cargados de un contenido ideológico (preocupante en algunos casos) que surtirá de bastantes elementos de reflexión al arte que, puede que sí, tal vez ha estado mirando, y reflexionando, sobre su ombligo demasiado tiempo. Siempre ha sido el Tiempo quien se ha encargado de separar el polvo de la paja, por lo que no hay que ni escandalizarse ni llevarse las manos a la cabeza.
Pero sí parece claro que, con un punto de vista u otro, tenemos la consciencia de atravesar un momento de inflexión, aunque ya nos dirá la Historia si es así o no. De ahí la necesidad de revisar los grandes hitos, de afianzar el camino recorrido. Y uno de esos grandes hitos, tal vez el último de manera unánime, fue el Expresionismo Abstracto, en el que artistas como Pollock, Rothko y De Kooning inauguraron una nueva etapa de confianza en la pintura: en palabras de Calvo Serraller, fue la confirmación del cambio mundial de liderazgo artístico de la vanguardia. Aunque supuso un momento clave en la evolución del arte del siglo XX, hacía más de 50 años que en Europa no se exhibía una gran muestra de este movimiento artístico, dejando de lado modestas (y admirables) iniciativas, como aquella del Museo Esteban Vicente (El Expresionismo Abstracto americano en las colecciones españolas). Ahora lo es posible gracias al trabajo conjunto de la Royal Academy of Arts de Londres, en colaboración con el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se inauguró la exhibición el pasado 3 de febrero y permanecerá abierta hasta el 4 de junio.


Además de la acción revisionista, la exposición que ahora podemos ver en el Guggenheim esgrime y desarrolla la tesis de que, por un lado, el Expresionismo Abstracto es más un ámbito donde coinciden multiplicidad de fenómenos en ocasiones bien distintos (a diferencia, por ejemplo, de movimientos anteriores como el Cubismo y el Surrealismo) y que, por otro, como ya viene sosteniéndose desde hace tiempo, no estuvo exclusivamente centrado en la ciudad de Nueva York (observemos como ese marchamo de “Escuela de Nueva York”, en el fondo no es más que una réplica de la “Escuela de París”). Así, están incluidos artistas la Costa Oeste como Sam Francis, Mark Tobey y Minor White (no estaría de más recordar que Rothko comienza la abstracción en la década de los años 40, cuando residía en California). La totalidad de la muestra son más de 130 pinturas, esculturas y fotografías procedentes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo que incluyen a Willem de Kooning, Arshile Gorky, Philip Guston, Franz Kline, Joan Mitchell, Robert Motherwell, Barnett Newman, Jackson Pollock, Mark Rothko, Aaron Siskind, David Smith y Clyfford Still, junto a otros nombres que, si bien no son tan conocidos por el gran público, sí poseen un importante papel en el movimiento plástico.


La exposición requiere una lectura interpretativa conjunta. Sobre todo tras, como decimos, tantos años en los que Europa no le dedica una especial atención al Expresionismo Abstracto (tendríamos que recordar la primera intervención de Pollock en la Bienal de Venecia de 1948, en el pabellón que mostraba la colección de Peggy Guggenheim, o aquella itinerancia que el MoMA realizó por Europa en 1955 con obras de, entre otros, Pollock, Rothko y Kline). Pero también está repleta de voces singulares, de obras estrella.
Una de ellas, desde luego, lo es el Mural de Pollock, que hace unos meses estuvo en el Museo Picasso Málaga con ocasión de la exhibición La energía hecha visible, y una pieza que, tras este periplo, será difícil que volvamos a ver en Europa.
Jackson Pollock había comenzado apenas un año antes su decisiva relación con Peggy Guggenheim cuando la coleccionista le encargó que realizase un mural para el zaguán de su apartamento de la calle 61 Este de Nueva York. Tras finalizarlo, artista afirmó: “es una estampida. Cada animal en el oeste americano, vacas y caballos y antílopes y búfalos, todos a la carga a través de la maldita superficie”. La crítica ha interpretado esa estampida como cita de dos influencias vitales y estéticas, puntuales y de largo recorrido. Por un lado, el Guernica de Picasso, que Pollock contempló en la misma ciudad en la que realizó obra; por otro, suponía el epítome de las vivencias personales y artísticas que le habían marcado desde su nacimiento en el medio oeste americano. Desde luego también estaban presentes las referencias a los muralistas mexicanos como José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, e incluso la fotografía de acción del tiempo bélico con el que el siglo XX se acercaba a su ecuador. Pero Pollock quiso hacer hincapié en los espacios abiertos del oeste americano, la crudeza de ese espacio en confrontación con los refinamientos de la cultura europea. Tras el regreso de Peggy Guggenheim a Europa, regaló el Mural al University of Iowa Museum of Art en 1948, lo que de hecho fue posible gracias a la idea que Marcel Duchamp le sugirió a la peticionaria: que Pollock realizase la obra sobre lienzo en vez de sobre la pared misma. Sin que apenas fuese expuesto en otros espacios, en julio de 2013 la obra llegó al Getty Conservation Institute de Los Ángeles, que realizó un profundo trabajo tanto de restauración como de estudio a lo largo de 18 meses.
Y esta es nada más que una de las 130 obras incluidas en esta exposición, donde también hallamos una significativa presencia del papel, aunque, de entrada, pueda chocar con las presentaciones tradicionales del movimiento.

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